Cuando un partido político, en lugar de proteger a sus líderes, opta por fabricar mentiras para desacreditarlos y apartarlos de la contienda, cava su propia tumba.
Este es el caso de Adán Peguero, un dirigente del Partido Revolucionario Moderno (PRM) en Santo Domingo Este, cuya historia de resistencia y redención es un testimonio de tenacidad frente a la adversidad.
Peguero, un hombre de origen humilde nacido en el Distrito Municipal de San Luis, fue víctima de una campaña de calumnias que buscó destruirlo políticamente.
Acusado injustamente de irregularidades en su gestión al frente del Instituto Postal Dominicano (Inposdom), fue sometido a un escrutinio implacable; auditorías, investigaciones exhaustivas, análisis de contratos y una suspensión que lo marcó públicamente.
Sin embargo, tras un proceso que lo expuso al escarnio, no se encontró ni el más mínimo indicio de irregularidad.
Absuelto de toda imputación, Peguero emergió libre, pero el daño estaba hecho. Como reza el refrán: “Difama, que algo queda”.
A pesar de su inocencia, algunos medios y sectores insisten en señalarlo, como si la verdad no bastara para limpiar su nombre.
Lo más doloroso, sin embargo, no fue solo la calumnia, sino la traición.
Voces dentro de su propio partido, el PRM, no solo guardaron silencio ante las acusaciones, sino que, según rumores, pudieron haber sido los artífices de esta campaña.
En lugar de defender a uno de sus líderes más destacados, algunos celebraron su salida de Inposdom, dejando a Peguero solo en el ojo del huracán. Nadie se disculpó.
Absolutamente nadie asumió responsabilidad por el daño infligido. Y, sin embargo, contra todo pronóstico, Peguero no se doblegó.
Como el ave fénix, Adán Peguero ha renacido de sus cenizas.
A pesar de la tormenta, mantuvo su liderazgo como presidente del PRM en Santo Domingo Este, compitió por la alcaldía obteniendo un honroso segundo lugar y sigue siendo un pilar en su comunidad.
Su trayectoria evoca al personaje de Bruce Willis en “Duro de Matar” fue golpeado, calumniado, pero imposible de derribar.
Cuando las autoridades que lo acusaron determinaron que no encontraron ninguna anomalía ni rastros de corrupción en su contra, el Municipio debió celebrar este reconocimiento, pero muchos hicieron mutis, un silencio ensordecedor estuvo en el ambiente, nadie dijo nada.
Este “moreno de San Luis”, como algunos lo llaman con desdén, ha desafiado las expectativas de quienes creyeron que su origen humilde lo haría fácil de doblegar.
La pregunta que muchos amigos se hacen es; ¿Por qué no le perdonan su éxito? ¿Es su ascenso desde las raíces populares de San Luis lo que incomoda a ciertos sectores?
¿Es su capacidad de resistir y mantenerse firme lo que despierta envidias?
La historia de Peguero no es solo la de un hombre injustamente acusado; es el reflejo de un sistema político donde la lealtad a menudo cede ante los intereses mezquinos y donde el éxito de los que vienen de abajo se percibe como una amenaza.
El caso de Adán Peguero debería ser un llamado de atención para el PRM y para cualquier partido que aspire a perdurar.
Un partido que no defiende a sus militantes honestos, que permite o incluso fomenta la difamación interna, está condenado a fracturarse.
La fortaleza de Peguero no solo radica en su capacidad de resistir, sino en su lealtad a un partido que no siempre le correspondió.
Su historia es un recordatorio de que la verdadera grandeza no se mide por los títulos o el poder, sino por la capacidad de levantarse, una y otra vez, frente a la adversidad.
Adán Peguero no es solo un líder político; es un símbolo de resiliencia, un recordatorio de que la verdad, aunque tarde, siempre encuentra su camino.
Y mientras él sigue de pie, los que apostaron por su caída deberían reflexionar: ¿qué tan lejos puede llegar un partido que traiciona a los suyos? Porque, como dice la sabiduría popular, “el que siembra vientos, cosecha tempestades”.